• El tema de la inclusión no debe limitarse a rampas y elevadores, en el caso de las personas con discapacidad, sino a generar políticas que garanticen su acceso a la educación y a la cultura, sostiene.

Juan Arturo no habla, no camina, tiene miopía y sólo puede comunicarse con un dedo de la mano izquierda. Aun así, decidió estudiar una carrera universitaria.

Con la tesis “La inclusión ¿hechos o palabras? Dos museos de la ciudad de Puebla frente al tema de la discapacidad”, Juan Arturo Calderón Caro se graduó como licenciado en Historia por la BUAP, con la máxima distinción que otorga la Institución: el Cum Laude. Un logro más a lo largo de una vida cifrada en metas, en subir peldaños, no obstante una parálisis cerebral que sufre desde su nacimiento, la cual no ha sido un impedimento para demostrar que una discapacidad, lejos de ser una limitación, es una oportunidad de vida.

Así lo ha demostrado. Ha sido un lector y un estudiante de promedios altos: 9.6 en licenciatura. En diciembre del 2015, el gobierno municipal de Puebla le distinguió con la Mención Especial del Premio por la Inclusión de las Personas con Discapacidad María Eugenia Antúnez Farrugia, en la categoría “Persona sobresaliente con discapacidad”.

Antes, en 2011, ganó la medalla de oro en las paralimpiadas, categoría Danza Deportiva Juvenil, donde representó a Puebla que por primera vez figuró en el registro de tal competencia. “Fue una experiencia muy grande, ya que logré aprender a bailar, a perder el miedo y a muchas cosas”.

Más allá de logros personales -en los cuales sus padres han desempeñado un papel decisivo: sus ojos, su habla, sus piernas, sus acompañantes fieles-, Juan Arturo emancipa a los de su condición, al reclamar un derecho básico: la inclusión y el acceso a la cultura. Idea que guió el planteamiento de su tesis de licenciatura:

“A lo largo de la historia se ha visto al discapacitado como un ser vulnerable. Las representaciones de nosotros como grupo social han sido, en la mayoría de los casos, desafortunadas. La misma sociedad nos ha limitado a sólo hacer ciertas cosas y mantener la idea de que no podemos aportar algo innovador a nuestro tiempo.

“Cuando ingresé al Colegio de Historia me percaté que los investigadores no tenían estudios sobre el tema. El objetivo de mi tesis fue saber cuál es la postura de los museos en la ciudad de Puebla con respecto a la discapacidad. Me di cuenta que el tema no se debía limitar a si contaban con elevador o rampas para quienes nos movemos en silla de ruedas, sino saber cuál es su política cultural sobre los grupos vulnerables.

“La conclusión del trabajo es que si bien casi todos los museos poblanos ya cuentan con la accesibilidad necesaria para ser visitados por éstos, el gran problema sigue siendo la exclusión: casi no hay programas educativos para nosotros. Los museos son espacios de diálogo social, permiten desarrollar nuestras nociones de ciudadanía; visitar un museo (de historia o arte) significa conocer y apropiarse del patrimonio cultural y, quizá lo más importante, sensibilizar al público y a las propias autoridades de que no todos vamos por los mismos motivos. En nuestro caso, significa no sólo hacernos visibles, sino también reclamar un derecho básico: el acceso a la cultura”.

Mi familia es como un árbol: difícilmente pueden derribarlo

“Yo fui un hijo deseado como muchos más, sólo que la vida le tenía una sorpresa a mi familia, no sé si fue bueno o malo, porque su vida dio un giro de 360 grados. Creo que gracias a eso mi familia es como un árbol que no cualquier golpe tira. Cuando mi mamá supo que su hijo tenía parálisis cerebral infantil, fue un golpe muy duro, pero reaccionó y prometió que me sacaría adelante. Para mí fue el inicio de un largo caminar”, expresa Juan Arturo, el segundo de dos hijos –el mayor, Víctor Renán.

A la edad de tres años, su madre lo inscribió en el Taller de Educación Especial San Pedro Claver, donde –refiere- estudió la primaria y vivió momentos bellos al amparo de un personal sensible “que siempre trató de que nuestra vida fuera lo más normal a pesar de nuestras limitaciones. Fueron los años en los cuales fui descubriendo el mundo y donde me fui dando cuenta de quién era y que mi vida era totalmente diferente a la de los demás”.

Terminada la primaria -“viene para mí otro reto, porque yo no quería ni debía quedarme en casa, tenía que seguir adelante”-, sus padres Víctor Renán Calderón Escalona y María de Lourdes Caro López buscaron opciones para que continuara su secundaria; en este nivel, en la Telesecundaria Jesús Reyes Heroles, “donde viví muchas experiencias, ahí encontré a mis maestras y maestros que me apoyaron y buscaron la manera para que yo pudiera ser como todos mis compañeros; claro, no corriendo, ni jugando fútbol, pero siempre dándome mi lugar”.

La preparatoria fue otro peldaño. En esos años, Juan Arturo descubrió en la lectura un goce y en la historia una pasión. Al aprobar su examen de admisión a la BUAP, acudió con sus padres a conocer el Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras, donde lo ubicaron en un salón de la planta baja y le acondicionaron una mesa para colocar su laptop. “Para mí fue algo maravilloso, me sentí super bien, había dado mi primer paso”.

“Cuando fui conociendo a mis maestros, de las primeras materias, siempre existía el temor, mientras unos me recibían con una sonrisa, otros lo hacían con asombro, a cada uno le fui demostrando que aunque no me puedo comunicar verbalmente, tenía la tecnología para participar al igual que mis compañeros, claro, un poco más lento, pero seguro. Siempre les dije a mis padres, ‘tengo que demostrarles’ y así me fui ganando mi lugar: difícil, pero nunca imposible”.

“Para mis compañeros -continúa- también fui una sorpresa. No sabían cómo tratarme, siempre estoy acompañado de mis padres, ellos me esperaban afuera de mis clases y estaban al pendiente de lo que necesitara. Pronto hice amigos, siempre me acompañaban dos, que por cierto se llaman Ángel, ellos apoyaban a mi papá cuando había necesidad de subir al aula magna del colegio”.

Con su dedicación, concluyó su licenciatura y obtuvo el título de licenciado en Historia, con la defensa de su tesis “La inclusión ¿hechos o palabras? Dos museos de la ciudad de Puebla frente al tema de la discapacidad”. En su opinión, la BUAP “ha considerado a este grupo como alumnos en sus aulas. En mi colegio, la mayoría de maestros me vio como un estudiante más: no hubo ningún trato especial y eso me ayudó a crecer como persona y futuro profesional de la historia”.

Con este logro más, refiere, “siempre será un orgullo decir que la BUAP es mi alma mater: me brindó el apoyo para desarrollarme como una persona regular”. Porque, acota, “no quiero que nos traten como especiales, sólo pido que seamos visibles. Nosotros podemos ser útiles a la sociedad y llevar una vida normal, aun con limitaciones”.

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