El mundo está en manos de los jóvenes. De eso no hay duda. Basta con hacer un comparativo de edades. Los adultos tenemos que aceptar que  ya hicimos nuestra parte.

Pero caben algunas preguntas: ¿qué hemos hecho los adultos para que los jóvenes construyan una vida mejor? ¿Hemos sido un buen ejemplo? ¿Les hemos dotado de herramientas adecuadas? ¿Hay congruencia del dicho al hecho?

Muchas cifras relacionadas con las condiciones de población hablan de más de la mitad de los ciudadanos hombres y mujeres (niños, jóvenes, adultos y ancianos) viviendo en pobreza, con carencia de servicios de salud, cobertura de educación deficiente… para qué precisar, si las cifras gordas son bastante reveladoras.

Si bien las políticas públicas han puesto énfasis en la estadística, que nos ayuda a contar con parámetros de medición, lo cierto es que esa medición se ha quedado corta, porque lejos de contribuir a corregir el rumbo, año tras año, quinquenio tras quinquenio, la situación económica, política y social muestra una sombría cara que solo nos da desesperanza.

¿Faltará, entonces, preguntar uno a uno lo que se necesita? ¿Precisaremos de una mirada de conjunto  y desde lo alto, como proponía Maquiavelo, para entender lo que pasa en el entrelazamiento de la política y la sociedad?

O tal vez ¿habrá que desprenderse de las propias ambiciones y entender que formamos parte de este mundo para hacerlo trascender?  Y una vez así, empezar a tomar las decisiones adecuadas.

Eso no lo sé. Tal vez hace falta todo junto.

No es posible asumir que los presupuestos gubernamentales, las ayudas de organizaciones no gubernamentales puedan resolver algo.

Primero necesitamos que los presupuestos no se utilicen con criterios clientelares, sino de probada eficacia en su aplicación, de tal manera que los programas demuestren en los hechos y no sólo en la estadística.

Una forma de lograrlo sería no intentar tapar hoyos, sino empoderar a los jóvenes, con conocimiento pertinente.

Bien podríamos las universidades empezar con un mea culpa y analizar cómo estamos formando a nuestros jóvenes, hasta donde los conocimientos que les brindamos les darán verdaderas oportunidades de trabajos bien remunerados.

Pero también como sociedad tenemos que revisar hasta donde el conocimiento tácito, aquel representado por la propia experiencia, que a nivel colectivo se convierte en mandato  (aunque no debiera ser así) para continuar perpetuando malas prácticas, complacencias, y relajamiento de toda aquella disciplina que es necesaria para triunfar.

¡Basta ya de engañarnos a nosotros mismos! Pensando que la culpa es un gobernante, de un partido, del destino, de los malos, de los corruptos. En las manos de todos nosotros está la posibilidad de construir un mundo mejor.

Si la gente mayor ya no tendrá tiempo suficiente para disfrutarlo, por lo menos tenemos que aportar nuestra experiencia sobre lo que entendemos de lo que pasa en la sociedad, en un determinado tiempo y lugar, a través de la mirada de los años que tenemos a cuestas. Porque a fin de cuentas tenemos una obligación: ayudar a los jóvenes a que salgan adelante y construyan un mundo mejor.

¿Estás de acuerdo conmigo?

Salvador Calva Morales es rector de la Universidad Mesoamericana.

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